Languidece bajo el atardecer. Cielos ámbar los primeros, y los últimos ya están mezclados con color púrpura, la luna se ve apenas bocetada en el fondo. El hombre tiene el cuerpo semi-enfermo desparramado sobre la nieve. Un ser indigente que conoce los ciclos del dolor y la fatalidad de las emociones, las fugaces sonrisas. No hay sorpresas en su vida. Ahí yace, fuera de todo núcleo social o familiar, fuera del sistema de "productividad". Sus hoyuelos se ven oscurecidos ante la imagen cadavérica del hombre moderno y sus nuevas enfermedades como el stress. Sabe y conoce la muerte, más que los que ya se han encontrado con ella. Tiene una expresión inteligente, algo sensato y sin embargo, descuidado. Envidio esa vida de desidia, de conocimiento de la existencia contingente. No imagino con qué frecuencia visita los túneles del tiempo, pero se lo ve extraviado, casi arcaico. Se lo ve bajo el efecto del ensueño ¿Nostalgia tal vez? Habrá visto morir todo a su al rededor y se habrá dejado él mismo morir a las emociones.
Caída la noche frecuenta un viejo bar, que ya han comprado unos jóvenes empresarios para colocar un parking. Él introduce su mano, debilitada por la falta de alimento, en el bolsillo y saca unas monedas (algunas suelo dejárselas antes de irme a trabajar). Tan sólo alcanza para un trago, tan sólo para engañar, en un trago, al estómago y la mente. Para mantener ardorosa aquella mirada evocadora, para mantener el cuerpo despierto en el frío invierno, para sobrevivir al frío de la sociedad moderna e indiferente.
jueves, 25 de junio de 2009
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Vaya una cosa ! Mirá todo lo que se puede conseguir con unas monedas... joder ! Me voy al bar más cercano !
ResponderEliminarjaja y por ninguna moneda en este lugar puede leer relatos baratos.
ResponderEliminarMe gusta su blog Humanoide.