Descubrí que la vida no se mide por las diagonales y que en cada semáforo se nos detiene un recuerdo; que se nos escapa el alma en la respiración de un beso y las mañanas huelen a canela y café; que podemos morir tan sólo en una mirada y que todos estamos igualmente desnudos en el mundo. Entendí por qué muchas veces veo color ámbar y saboreo la nostalgia con agrado; por qué devoro la soledad en trocitos y de a ratos acompañado con algún vino barato...
A pesar de todo, sigo refregando en mi cara las cenizas de algo que una vez fue hermoso, luego enciendo un cigarrillo para el dolor... para olvidar lo aprendido.
Son palabras desprendidas y se sienten verdaderas...que mas para una mujer que siente la ciudad y la vive día a día.
ResponderEliminarMartín C