Cómo podría evitar sumergirme en este océano subterráneo, si cada vez que me acuerdo de ese par de espejos en tu rostro me pica la nariz, y vivo una sensación de intensa debilidad. Así y todo querría salir corriendo atrás tuyo con la boca agotada en palabras, con una mirada febril, el sudor angustiante en el pecho. Llegaría hasta vos, atormentada, sabiéndote un oasis en este desierto; te pararía posando las dos manos temblorosas sobre tus hombros y en el mismo instante me quedaría ahí, paralizada. Ni siquiera expectante. Simplemente sin saber qué decir. Perdiendo la oportunidad, sintiéndome deleznable como un castillo de arena, pretendiendo desaparecer por completo. Yo no necesito eso. Por eso estoy acá sentada, escribiéndole a un tiempo que jamás existirá, a un papel que sólo sabe atender al orgullo estúpido en una obra de teatro interminable de papeles secundarios, de telones emparchados. La ruina y la miseria interior han socavado toda posibilidad de encuentro.
domingo, 4 de octubre de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)


No hay comentarios:
Publicar un comentario