Era un invierno cualquiera, el frío le enrojecía la nariz y le llegaba a los huesos como todos los inviernos. Una brisa le mezclaba el pelo que ahora estaba largo y dorado. Todavía faltaba mucho para llegar. Metió la mano en el bolsillo como en búsqueda de algo y de pronto, sucedió un encuentro instantáneo de miradas. Era una mirada conocida, detenida tan sólo a unos metros. Y en ese encuentro se extrañaron, se amaron como el mar a la arena. Se estrellaron uno a otro en una pausa eterna. Se pedían perdón, se besaban las narices, las ruborizadas mejillas. Ambos habían sostenido la luna en ese instante y sabían que no duraría demasiado. Fue amar hasta quebrajarse el alma, una vez más. Pronto se desconocieron. Se olvidaron de cómo amar, se olvidaron de todo. Se desencontraron y el mundo continuaba sin ellos. Nadie parecía haber notado que para ella habían pasado años, que los años le habían pasado por encima en un momento eterno. Los perros habían seguido ladrando; los trabajadores de oficina y sus maletines continuaban marcando paso apurado; los diarios saltaban sus hojas; las cucharitas danzaban distraídas en las tazas de té; los ojos de él se habían extraviado en la multitud; ella seguía sin llegar-
lunes, 25 de mayo de 2009
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es como para un segundo capitulo de la mendiga,jaj , pobre esa si que no lo merece.
ResponderEliminarSi queres lo ùnico que puedo hacer es juntar gotas para el perfume
no lo merece(mos).
ResponderEliminarque tristesse de Chopin.